—Tal vez venga a mirar —dijo, su sonrisa volviéndose juguetona mientras su mirada se detenía un instante demasiado largo en sus caderas.
—No puedes costearme, cariño. —Era más fácil bromear. Más fácil fingir que le agradaba la atención cuando lo que realmente quería era una vida en la que no tuviera que vender pedazos de sí misma por dinero.
El portero desenganchó la cuerda de terciopelo, haciendo una reverencia simulada como si ella fuera realeza. La larga fila afuera gimió de envidia mientras