CAPÍTULO TRECE

ELENA

El viaje en coche fue tranquilo de una manera que se sintió deliberada.

No el cómodo silencio de dos personas que no tenían nada más que decir, sino el tipo tenso, cuidadosamente mantenido, frágil, como si una palabra equivocada lo destrozara por completo.

Miré por la ventana mientras la ciudad pasaba borrosa, con las manos dobladas en mi regazo, la columna vertebral recta. Podía sentir la presencia de Adrian a mi lado sin mirar. La forma en que ocupaba el espacio sin esfuerzo. Los sutile
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