Sofía entrecerró los ojos cuando la dura luz del sol de la mañana se derramó a través de las cortinas de terciopelo y a través de sus párpados.
Estiró su cuerpo debajo de las sábanas ignorando el dolor abrasador e implacable que atravesaba su forma. Tomando los labios entre los dientes, logró empujarse erguida apoyada en la cabecera. Se frotó la muñeca sin pensar rozando los moretones de anoche. Probablemente sus costillas también estaban rotas, pero no tenía forma de confirmarlo porque él se h