—Te dije que no tenía nada que ocultar, Mason —dije, sentándome frente a él en su gran escritorio de roble.
—¿De verdad vas a decir “te lo dije” ahora mismo? —preguntó.
Me encogí de hombros y comencé a hurgarme las uñas. Él suspiró y se sentó en la esquina del escritorio frente a mí. No lo miré cuando empezó a revolver unos papeles. Tuve un pensamiento y lo miré hasta que notó mi mirada.
—¿Sí? —preguntó, curioso.
—Podríamos hacernos cargo de ella —dije.
Levantó una ceja ante mi sugerencia y vol