Llegamos a una casa grande. Supuse que era la casa de la manada. La loba de color ámbar cambió de forma y se puso unos pantalones cortos que estaban junto al borde del bosque. Los demás hicieron lo mismo mientras yo mantenía los ojos en Aaron. Se veía cansado y asustado.
—Cambia, forastera —ordenó uno.
Gruñí y escondí a Aaron una vez más.
—No le pasará nada a tu cachorro. Siempre que hagas lo que decimos. Y lo que dice nuestro alfa —agregó otro.
Aaron me miró buscando una señal de qué hacer, y