Capítulo 2
Lysera

—¿Qué vamos a hacer con todo este asunto? —preguntó mi madre—. La manada esperará que la barriga de Isyra empiece a notarse dentro de unos meses.

—Simplemente vamos a planear algo para que Isyra sufra un aborto espontáneo después de la fiesta. Diremos que fue consecuencia del estrés de la celebración y de la presión de tener sobre sus hombros el futuro de toda la manada. —Mi padre habló con un tono engreído—. La manada sentirá lástima por Isyra y, por fin, silenciará a todos aquellos que dicen que no eres la compañera del Alfa y que, por lo tanto, no deberías ser la Luna.

Solo unas pocas personas decían eso. En la manada, cualquier cosa que ordenara el Alfa se cumplía. Todos obedecían sin cuestionar nada.

—Padre, siempre tienes las ideas más brillantes.

—Por supuesto que sí. Ya me he puesto en contacto con los médicos y lo he organizado todo, así que eso está resuelto. —Mi padre se dirigió a Isyra—. Lo único que tienes que hacer es asegurarte de realizar muchas actividades que comprometan tu embarazo esta noche. Después hablaremos del día exacto en que fingirás sufrir el aborto.

—Después de esto, Henry jamás me abandonará. Sentirá lástima por mí y me mantendrá a su lado para siempre.

—Esa es mi niña.

Permanecí pegada a la pared, con el corazón golpeándome el pecho a un ritmo frenético. Sentía que estaba a punto de sufrir un infarto.

Isyra no estaba embarazada. Mis padres y mi hermana estaban engañando a toda la manada y mintiéndole al Alfa.

Negué con la cabeza, sin querer pensar en lo que le ocurriría a mi familia si todo se destapaba o si Isyra no conseguía fingir el aborto.

Podía correr ahora mismo a contarle todo al Alfa Henry… pero ¿me creería?

El Alfa Henry pensaría que estaba celosa de mi hermosa y radiante hermana, que brillaba más que las estrellas. Dirían que estaba resentida porque ella iba a convertirse en Luna mientras yo no era nadie.

Pero, si las descubrían, yo también podría ser castigada junto con ella.

No podía hacer nada más que esperar y rezar para que Isyra consiguiera salirse con la suya y convertirse en Luna, aunque aquello fuera precisamente lo que yo siempre había deseado para mí.

Me aparté lentamente de la pared, regresé a mi habitación y procuré no hacer el menor ruido.

Me quedé a un lado, haciendo todo lo posible por pasar desapercibida.

Aquella noche también debería haber sido mía. Era mi vigésimo primer cumpleaños. El día por el que tanto había rezado, el día que había esperado con ansias, como si fuera mi salvación.

Pero nadie estaba allí por mí.

Nadie siquiera recordaba que hoy también era mi cumpleaños. Todas las miradas estaban puestas en Isyra.

Los miembros de la manada la rodeaban como si fuera la mismísima Diosa de la Luna. Reían, vitoreaban y aplaudían, como si no acabaran de arrebatarme algo. Sus voces se alzaban en un coro de admiración y gratitud que me revolvía el estómago.

—¡Feliz cumpleaños, futura Luna!

—¡Que la Diosa de la Luna te bendiga!

—¡Estás radiante, Isyra!

—Y felicidades también a ti, Alfa Henry.

Esta última frase siempre iba acompañada de sonrisas y reverencias.

El Alfa Henry estaba junto a mi hermana, alto e imponente, vestido como el rey que era. La luz de la luna acariciaba las facciones fuertes de su rostro, haciéndolo parecer casi irreal. Tenía una mano apoyada en la parte baja de la espalda de Isyra, sosteniéndola mientras los ancianos pronunciaban bendiciones y plegarias a su alrededor.

Isyra se inclinaba hacia él como si aquel fuera su lugar. Como si él le perteneciera.

Sentí una punzada en el pecho para la que no tenía palabras. No era ira ni amargura, sino el dolor vacío de ser olvidada. Ni una sola persona me había mirado aquella noche.

Despertar a tu loba debía ser un momento que tu familia celebrara; una noche en la que hablaran de ti y tu existencia importara. Pero para mí no había nada. Ni sonrisas, ni orgullo, ni siquiera un reconocimiento de que aquella noche también me pertenecía.

Estaba rodeada de gente y, aun así, me sentía completamente sola, como siempre. Solo me veían cuando les resultaba útil; el resto del tiempo, era invisible.

Pero no hice nada de eso.

Me tragué la amargura y la reprimí hasta sentirla asentarse en mi pecho como un veneno. Apreté los labios y permanecí inmóvil.

La luna ascendió en el cielo, brillante y redonda, observándolo todo desde las alturas como si no le importara quién sufría bajo su luz. Y cuanto más se prolongaba la ceremonia, más inquieta me sentía.

Algo dentro de mí arañaba, intentando salir.

Un calor extraño comenzó a agitar mi sangre. Me dolían los huesos; al principio, ligeramente, pero después con mayor intensidad, como si mi cuerpo estuviera impaciente… como si estuviera esperando.

Esperando algo.

Mi loba.

Ya casi había llegado el momento.

Miré a mi alrededor con cautela. Mi padre, cuyos ojos me habían estado advirtiendo que me comportara, ya no me prestaba atención.

Estaba ocupado riendo con los ancianos, con una voz fuerte y orgullosa, como si él mismo le hubiera regalado a mi hermana el mundo. Mi madre rondaba alrededor de Isyra, le acomodaba el vestido y le alisaba el cabello, mientras sonreía ampliamente como una madre orgullosa.

Nadie me veía.

Era la oportunidad perfecta para escabullirme, despertar a mi loba y regresar antes de que mi padre notara mi ausencia. Si me quedaba allí, la luna me obligaría a transformarme y desviaría la atención de Isyra. Mi padre me mataría. La manada diría que intentaba robarle protagonismo.

Así que me escabullí en silencio.

Me abrí paso por detrás de la multitud y me interné en las sombras, con la cabeza gacha y los pasos ligeros, dirigiéndome hacia el bosque que se extendía justo detrás del lugar donde se celebraba la fiesta.

Estaba lo bastante cerca como para transformarme y regresar antes de que alguien notara mi ausencia.

El corazón me latía con fuerza, rebosante de emoción.

Este era el momento.

Corrí hacia el interior del bosque, donde la luz de la luna se filtraba entre las ramas en forma de rayos plateados. Allí el aire era más frío. Más intenso, puro y liberador. Llené mis pulmones con él, como si respirara libertad por primera vez en mi vida.

Entonces, el calor que llevaba dentro se intensificó de golpe.

No era doloroso, como había imaginado.

Era… salvaje.

Como si algo que había permanecido dormido durante años acabara de despertar y se desperezara.

Sentí un hormigueo en la piel. Mi columna se arqueó. Los músculos se tensaron, como si unas manos invisibles los estuvieran acomodando en su sitio. Me quité la ropa rápidamente.

Y entonces…

Un crujido seco.

Un impulso repentino.

Caí hacia delante, con la respiración atascada en la garganta, y cuando toqué el suelo, ya no estaba apoyada sobre las manos y las rodillas.

Estaba sobre cuatro patas.

Parpadeé una vez.

Dos veces.

El mundo parecía diferente.

Más grande… más brillante.

Podía olerlo todo: la tierra húmeda, la savia de los árboles, el aroma lejano del humo y la carne asada de la celebración, el perfume de los miembros de la manada que el viento transportaba hasta mí.

Bajé la cabeza y contemplé mis patas.

Pelaje.

Un pelaje blanco, limpio como la nieve bajo la luz de la luna.

Sentí que el pecho se me henchía con una emoción tan intensa que casi me hizo estallar por dentro.

Lo había conseguido.

Por fin despertaba a mi loba.

Se me escapó un sonido, mitad risa, mitad sollozo ahogado, aunque de mi garganta solo brotó un gemido suave. Eché la cabeza hacia atrás y lancé un aullido bajo, lo bastante silencioso como para que la celebración lo ocultara, pero cargado de todo lo que siempre había deseado.

Mi loba.

Di un salto hacia delante y corrí por el bosque, con las patas apenas rozando el suelo. Era tan rápida que la emoción me revolvía el estómago. Zigzagueé entre los árboles, salté sobre las ramas caídas y rodé por la hierba simplemente porque podía hacerlo.

Sentía el corazón ligero.

Como si pudiera volar.

Como si nada pudiera hacerme daño.

El chasquido de una rama rompió el silencio de la noche.

Me quedé inmóvil al instante, con las orejas erguidas.

Percibí el olor antes de verla. Era un perfume floral y dulce.

Isyra.

Su vestido blanco, largo y vaporoso, resplandecía contra la oscuridad. Su cabello caía sobre los hombros como la seda y sus labios lucían una amplia sonrisa, radiante y hermosa; esa clase de sonrisa que hacía que todo el mundo cayera rendido a sus pies.

Por un instante, fui tan ingenua que sentí renacer la esperanza.

Quizá me había seguido porque se había dado cuenta de que aquel día no debía ser solo suyo. Quizá quería verme transformarme. Quizá se alegraba por mí. Quizá ella…

—Vaya —dijo despreocupadamente, dando un aplauso—. Pero mírate.

Su mirada recorrió mi pelaje blanco con lentitud y deliberación, como si estuviera inspeccionando algo inferior a ella. Después se rió. Fue una risa suave y burlona.

—¿Así que esto es lo que viniste a hacer mientras todos me celebraban? —preguntó—. Cumples veintiún años y ni siquiera se han molestado en buscarte. Qué triste.

Dio una vuelta a mi alrededor, con los tacones crujiendo sobre las hojas caídas.

—¿Te has dado cuenta? —continuó con despreocupación—. Ni mamá. Ni papá. Ni una sola alma recordó que existías.

Su sonrisa se afiló.

—Por supuesto que no. Esta noche es mía.

Permanecí donde estaba, con el corazón golpeándome dolorosamente contra las costillas.

Isyra se detuvo frente a mí y se llevó una mano al vientre. El gesto fue delicado, casi reverente. Su sonrisa se suavizó y sus ojos se perdieron en la distancia, desenfocados, como si contemplara un futuro que solo ella podía ver.

—Mi bebé —murmuró—. El futuro Alfa.

Su voz estaba llena de orgullo. Había en ella algo casi irreal.

Durante un breve instante, me pregunté si ella misma se creía su mentira; si la había repetido tantas veces que había terminado convirtiéndola en una realidad para sí misma.

Entonces, su mirada volvió a clavarse en mí, afilada y acusadora.

—Y tú —dijo con frialdad—, ahí parada, fingiendo que no deseas lo que me pertenece.

Me puse rígida.

—Siempre has querido mi vida, Lysera —continuó—. No lo niegues. Siempre me has tenido envidia. A mí. A Henry. A todo lo que tengo.

¿Envidia?

Aquella palabra no tenía sentido. Nunca había intentado acercarme a Henry. Nunca había competido con ella. Él la había elegido abiertamente, había quebrantado antiguas leyes por ella y había aceptado las consecuencias sin pensarlo. Yo lo había asimilado hacía mucho tiempo.

Pero Isyra nunca lo había creído.

Y por fin estaba empezando a comprender que jamás lo creería.

Me lo había arrebatado todo: el amor, la atención e incluso el espacio para existir. Y, aun así, seguía temiendo que yo, como respuesta, intentara quitárselo. Porque, para ella, así era como funcionaba el mundo.

—No lo soportas, ¿verdad? —dijo con amargura—. Que vaya a casarme. Que lleve a su hijo en mi vientre. Que me convierta en Luna… mientras tú no serás nadie.

Quise decirle que estaba equivocada. Que nunca había deseado su vida. Que lo único que había querido era paz.

Pero antes de que pudiera hablar, Isyra ladeó la cabeza y me observó con una sonrisa que no terminaba de llegarle a los ojos.

—¿De verdad creíste que no me había dado cuenta de que estabas escuchando antes en la casa? —preguntó con ligereza.

Sentí que la sangre se me helaba. Retrocedí un paso y clavé las garras en la tierra.

Ella soltó una risita, como si mi miedo le resultara delicioso.

—Te vi —continuó—. Escondida ahí como una ratita. Pero no me malinterpretes, Lysera.

Sus ojos brillaron bajo la luz de la luna con un resplandor oscuro.

—No impedí que papá te descubriera porque quería ayudarte.

Se acercó un paso más.

—Lo hice porque tengo un plan mucho mejor.

¿Un plan mejor?

Todavía intentaba comprender a qué se refería cuando Isyra levantó una mano. Sus uñas se alargaron y, con un movimiento rápido, se desgarró la palma.

La sangre brotó, roja y brillante, bajo la luz de la luna.

Retrocedí de golpe, y mi loba se estremeció ante el penetrante olor metálico que invadió mis sentidos.

Isyra ni siquiera se inmutó. Se rió.

Se restregó la sangre en la parte trasera de la falda, lo que manchó la tela blanca. Después se pasó las uñas por los brazos y el rostro, desgarrándose la piel hasta que la sangre comenzó a deslizarse en chorros carmesí.

Luego se dejó caer al suelo, revolcándose y embadurnándose de tierra y sangre. Me quedé paralizada, con el horror clavándome en el sitio.

¿Qué estaba haciendo?

Isyra levantó la mirada hacia mí por un instante y sus labios se curvaron en una sonrisa afilada.

Y entonces gritó.

—¡AYUDA! —chilló—. ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!

Se alejó de mí a rastras, como si yo fuera un monstruo.

—¡LYSERA! ¡BASTA! ¡POR FAVOR… BASTA!

Mi corazón dejó de latir.

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