Apenas salí del salón principal, Clara me siguió con los ojos enrojecidos.
No fue hasta que llegamos a mi habitación que se atrevió a cerrar la puerta y echarse a llorar.
—El marqués quiere casarse con la señorita Catalina y, además, a usted la ha comprometido con uno de sus subordinados. ¿Qué se cree que es usted para él? ¿Un objeto del que puede deshacerse y que puede entregarle al primero que encuentre?
Le tendí el documento de disolución.
—Guárdalo bien.
Clara miró el contrato de compromiso matrimonial que yo tenía en la mano.
—¿Y este?
—Pídele a Alejandro que vuelva.
Alejandro regresó al poco rato.
Deslicé el contrato hacia él.
—Acepto disolver nuestro matrimonio. Pero no me casaré con Esteban. Tú decidiste este compromiso, así que tú también tendrás que cancelarlo.
Alejandro miró el contrato y se le ensombreció el rostro.
—Victoria, ya decidí casarme con Catalina. Aunque nunca vuelvas a casarte, eso no cambiará nada.
—¿Acaso crees que, si una mujer se niega a casarse con otro hombre, es porque te está esperando?
Alejandro frunció el ceño, pero su tono se suavizó un poco.
—No me refería a eso. Yo mismo hice que Esteban ascendiera. No tiene concubinas ni una familia complicada. Si te casas con él, no tendrás que pasar por dificultades. Te daré siete días para que lo pienses.
Le pregunté:
—¿Y si dentro de siete días sigo sin querer casarme con él?
Alejandro guardó silencio unos instantes y luego volvió a empujar el contrato hacia mí.
—Por ahora, no puedo cancelar este compromiso. Catalina está a punto de casarse conmigo. Si rompes el compromiso justo ahora, ¿qué dirá la gente de ella?
Hasta mi segundo matrimonio tenía que ceder ante la reputación de Catalina.
Dejé de discutir con él y le pedí a Clara que trajera el inventario de mi dote.
Al día siguiente iría a casa de mis padres para comunicarles mi decisión. Después, enviaría a mis criados a recoger mi dote.
Alejandro ya estaba junto a la puerta cuando me vio separar, una por una, las joyas que me había regalado. Se detuvo de nuevo.
—Todas esas joyas son tuyas. No hace falta que separes las cosas con tanta claridad.
Clara sacó del fondo de un joyero un colgante de jade.
Seis años atrás, me había interpuesto para recibir una flecha destinada a Alejandro.
Él incrustó en el jade un fragmento de la flecha rota y me lo regaló con sus propias manos.
Dejé el colgante frente a Alejandro.
—Este también te lo dejo.
Pero él volvió a ponerlo en mi palma.
—Es tuyo.
Apreté el colgante, que aún conservaba algo de calor, y levanté la mirada hacia él.
—Eres tú quien quiere poner fin a nuestro matrimonio, pero insistes en que conserve nuestros recuerdos. Alejandro, ¿quieres que te olvide o simplemente no soportas que te olvide por completo?
Alejandro no respondió.
—Dentro de siete días volveré a preguntarte qué has decidido.
Guardé el colgante.
—Está bien. Dentro de siete días, te daré una respuesta.