Scarlett Ashford
Han pasado tres días desde aquel frenético viaje en coche por la ciudad antes del amanecer, desde que me pincharon en el brazo, desde que me pusieron en la mano el frasco blanco de pastillas.
Tres días de silencio en mi cabeza. Estaba de pie frente al tocador del dormitorio principal, con la luz de la mañana derramándose sobre la superficie de mármol. Cogí mi delineador líquido. Hace una semana, con solo sostenerlo, habría acabado con una raya negra en la mejilla o un arañazo e