—Hola princesa —dijo una mujer riendo mientras Aliyah aparecía de repente frente a ella—. Tenía muchas ganas de volver a verte.
Aliyah miró a su alrededor. Estaba en una enorme habitación con poca luz y largas cortinas que cubrían las ventanas. Había unos ocho o diez candelabros colgados del techo y, tras ellos, vio un gran trono rojo en el borde de la habitación y un hombre sentado en él. Su cabello dorado le caía en mechones por los hombros y sus ojos castaños oscuros la miraban con una pequ