Margaret
Me quedé fría sin saber qué decir, mis piernas temblaban un poco y noté la mirada inquisitiva de ese enfermo hijo de puta, que me miraba con un destello de diversión en sus horribles ojos.
No me dejé amedrentar, apreté los puños y me relajé un poco, fingiendo una sonrisa que esperaba, fuera suficiente para aplacar sus sospechas, aunque estaba segura de que eso era imposible.
El maldito me había descubierto.
—Buen chiste, Favio, pero soy Graciela —dije con diversión y lo vi estrechar l