Terror puro y visceral
La hora exacta que marcaba el reloj digital en la pantalla de mi teléfono eran las 11:43, una hora apoco prudente para intentar algún tipo de comunicación telefónica sin arriesgarse a importunar de alguna manera, como de hecho ya me había ocurrido con la reciente llamada realizada a mi mejor amiga. No había forma de anticipar si la persona detrás de ese número telefónico iba a estar despierta para ese momento o si, como en el caso de Ana, podía estar ocupa