El intercomunicador volvió a sonar, más fuerte esta vez, y Covin no quitó la mano del muslo pegajoso de Violet mientras presionaba el botón: «Sube», dijo, la voz calmada, luego lo soltó y miró hacia abajo a sus piernas todavía abiertas, el semen goteando de ambos agujeros: «Tu compañera de cuarto acaba de pedir verme por una nota, momento interesante, no te muevas ni un músculo hasta que yo diga».
El pulso de Violet dio un salto pero se quedó exactamente donde estaba en el suelo, muslos abierto