Leandra le dedicó una sonrisa sensual, era toda una seductora, nunca se habia sentido con tanto poder. Y sentía por ella lo que un hombre debería sentir por una mujer. Pero, debajo de eso, había un calor que no podía explicar. Un calor que siempre había estado ahí, que había ido creciendo desde que la había conocido. Ese calor, sumado al deseo, creaba un fuego tan ardiente que pensaba que los consumiría a ambos. Y entonces recordó los caramelos.
–Túmbate sobre la cama –le dijo.
–Creí que era yo