Leandra estaba asombrada. Devastada, en realidad. Su mundo había quedado del revés tras el encuentro con su esposo. No existía una oscuridad fría en su interior. Estaba lleno de fuego negro y ardiente. Peligroso, destructivo y asombroso.
Nunca se cansaría de él, de lo que sentía cuando desencadenaba su pasión sobre ella. Le gustaba que fuese enérgico, poco civilizado cuando le hacía el amor. Lo que no le gustaba era que se fuese de la habitación mientras su mundo yacía hecho pedazos a sus pies.