Anna tampoco quería irse, pero el tiempo apremiaba. Si se retrasaba demasiado, llegaría de madrugada a su apartamento. Aunque Owen parecía no querer moverse, ella tuvo que hacerlo.
Corrió un poco la silla hacía atrás y los ojos de él volvieron a su cara.
—¿Tienes que empezar, verdad? —preguntó Owen.
—Sí, lo siento —respondió Anna, lamentándolo de verdad.
—Claro, no te preocupes.
—¿Te quedarás? —La idea la emocionaba, pero también la ponía muy nerviosa. Ese hombre tenía una fuerza de atracción q