Me quedé mirando a Elizabeth, plantada frente a la puerta de mi habitación de huéspedes, exigiéndome que me fuera para poder instalarse ella.
—Si ustedes dos ya terminaron de ladrar como perros —dije con una sonrisa—, pueden largarse.
Y les cerré la puerta en las narices.
Los golpes comenzaron de inmediato. Una golpeaba y luego la otra, turnándose sin descanso.
Me senté en la cama y me quedé mirando la pared.
Estaba agotada. No era ese cansancio fingido que había mostrado antes, sino uno de verd