El rostro de Alma se volvió carmín, intentó negarlo, pero su rostro la delató.
—No vayas a hacer nada —suplicó—, por favor, yo no quiero saber nada de él, no lo necesito.
Los músculos del rostro de Alejandro se tensaron, dejó a un lado el peluche que le trajo a su hermana y se puso de pie y caminó hasta la ventana intentando contenerse. Inhaló y exhaló un par de veces.
—Es un cobarde —gruñó—, además faltó a nuestra amistad, no se lo voy a perdonar jamás —bramó, y antes de que Alma pudiera