Es el ungüento para deshinchar la vagina.
—Lo siento, me apuré demasiado, fui algo brusco.
Un destello de incomodidad cruzó el rostro de Irene.
Un momento después, volvió a su habitual cortesía distante.
—Yo puedo hacerlo sola.
Pero Robin la miraba entrecerrando los ojos:
—¿Estás segura que puedes sola?
Irene miró el medicamento.
—Sí.
Robin no le pasó el ungüento, sino que la atrajo hacia él.
—¿De qué te avergüenzas? No es como si no lo hubieras visto antes.
La cara de Irene se tiñó de una evide