—Sé que te vi —susurra Violetta sin aliento ni ganas de fingir, quemándose bajo la mirada inflexible de este hombre que se niega a salir de su cabeza—. Sé muy bien que estuviste conmigo esa noche, Dante.
Él hace un ruido perezoso con la garganta, balanceándose en torno a ella.
—Eso es absurdo.
—No lo es.
—Oh, sí lo es, princesa.
Eso debería arder como un cuchillo, no como una caricia.
—Dame una buena razón para creer que es absurdo.
Su mandíbula cincelada, con el más mínimo rastrojo de ba