Levanté la cabeza. Los documentos estaban allí frente a mí, esperando y exigiendo atención. Los observé un segundo más, dejando que mis ojos captaran la magnitud de lo que debía hacer. Entonces, cogí impulso, superando el cansancio, la duda. Me sumergí de lleno. Empecé con la primera página, luego la segunda, luego la tercera. Me sumergí a fondo, pasando horas y horas trabajando sin descanso. Tenía la mano acalambrada de escribir. Me ardían los ojos de leer. Me dolía la espalda de estar sentado