Capítulo 46

Levanté la cabeza. Los documentos estaban allí frente a mí, esperando y exigiendo atención. Los observé un segundo más, dejando que mis ojos captaran la magnitud de lo que debía hacer. Entonces, cogí impulso, superando el cansancio, la duda. Me sumergí de lleno. Empecé con la primera página, luego la segunda, luego la tercera. Me sumergí a fondo, pasando horas y horas trabajando sin descanso. Tenía la mano acalambrada de escribir. Me ardían los ojos de leer. Me dolía la espalda de estar sentado. Pero seguí adelante. Estaba tan absorto en el trabajo, tan completamente absorto en los números, las cifras y los datos, que olvidé ir a almorzar. Olvidé comer o beber agua. Olvidé todo menos la tarea que tenía delante.

De repente, mi teléfono vibró contra la superficie de madera de mi escritorio. Sonó un pitido, agudo e insistente. Una luz brilló en la pantalla, proyectando una tenue luz sobre mi piel. Parpadeó, salí de mi concentración. Cogí el teléfono y lo rodeé con los dedos. Mis dedos re
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