La noche envolvía el vecindario como una manta gruesa, pero una casa se negaba a desaparecer en la oscuridad. La luz se derramaba por cada rincón de la propiedad, brillante e implacable. Las luces de seguridad, instaladas a lo largo del tejado y en el patio, proyectaban sus rayos sobre el césped, la entrada, la misma calle. Nada podía ocultarse bajo esa luz. Nada escapaba a ella. El césped, perfecto y verde, se extendía a la misma altura en todo el patio. Los bordes donde el césped se unía a la