Apolo
Cuando caminé por la acera mojada por la lluvia tuve el presentimiento de que algo no iba bien, era como una sensación extraña en la boca del estómago que me advertía que me diese prisa. En cuanto subí al vehículo, Massimo que se encontraba en el asiento del frente me miró con el ceño fruncido y una expresión dura que me confirmaba que aquel palpito que acababa de tener, no era en lo absoluto infundado.
—Tienes que llamar ahora mismo a Ludovico. —Me tendió el móvil. —Dice que es urgente.