Maryam estaba en ese bar, con el corazón latiendo como tambor y el orgullo hecho pedazos.
Había escuchado rumores —otra vez— de que su esposo, Hernando Montalbán, estaba ahí, rodeado de copas, luces y mujeres hermosas que morían por él.
Y lo peor: era su aniversario.
Mientras afuera la lluvia caía sin piedad, Maryam se miró al espejo retrovisor del auto.
Su maquillaje estaba impecable, pero sus ojos decían otra cosa: rabia, decepción y una pizca de “me quiero morir, pero con estilo”.
Se bajó de