—¿Cómo pueden ser tan crueles? Soy solo una pobre anciana… —sollozó Ilse, llevándose una mano al pecho, como si el dolor fuera demasiado grande para soportarlo.
—¡Vete! —exclamó Aurora, temblando entre la rabia y la impotencia.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Martín y Manuel entraron, alertados por los gritos.
La escena frente a ellos los dejó tensos: Ilse, de pie en medio de la sala, fingiendo ser una víctima; Aurora, pálida y furiosa; el ambiente, cargado de una angustia latente.