No le creo nada

La puerta automática se abrió, dejando pasar a dos enfermeros que empujaban la camilla donde el señor Meyer yacía con el rostro pálido, los labios tensos y la respiración entrecortada. Cristina avanzó unos pasos más, instintivamente abrazando a Valentina contra su pecho.

Cristina observaba cada detalle con inquietud. Los enfermeros hablaban entre ellos mientras conectaban monitores y cables; el sonido del bip del electrocardiograma se mezclaba con el murmullo del hospital.

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