Capítulo XXXIV

Cuando el miedo te detiene, alguien te hace volver

Verónica

Agaché la mirada, avergonzada de que me viera así, tan golpeada. Sentí sus pasos acercarse y, con delicadeza, levantó mi rostro. Cerré los ojos por instinto, temerosa de lo que vendría después. Su mano rozó suavemente mi herida y sentí cómo su cuerpo se tensaba. Abrí los ojos y vi su expresión endurecerse, la molestia reflejada en su rostro al ver mis golpes. Lo miré con tristeza y él apartó su mano, suspirando con frustración. Luego,
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