El rugido de la verdad
Ingrid no sabía exactamente qué había sucedido en sus pensamientos, pero algo la sobresaltó. Se había quedado dormida en la tumba de su madre después de tanto llorar. El atardecer se desvanecía, y ella permanecía allí, en silencio, mirando hacia la nada con los ojos llenos de lágrimas.
—Cuánta razón tenías, mamá. Amar sin ser correspondida te lleva a dejarlo ir —murmuró mientras observaba el cielo—. Pero yo no puedo, lo amo, aunque esto me lleve a mi perdición —suspiró, d