Cuando estuve fuera del hotel, esperé diez minutos en recepción. Esperando si Massimo también había conseguido su dirección y, efectivamente si lo hizo.
Me coloqué la capucha de la chaqueta y subí por las escaleras. Cuando estuve arriba, él ya había llegado y estaba tocando la puerta como un loco.
-¿Qué... qué haces aquí? -escuché su voz.
-Vine a verte -respondió mi tío con una sonrisa-. Necesitamos hablar.
-No tienes nada que hacer aquí, y por tu bien, vete de aquí y no vuelvas a buscarme.