El trayecto a casa transcurrió en silencio. Gavin mantenía una mano en el volante y la otra descansando en mi pierna, anclándome de un modo que nada más podía. Yo miraba por la ventana, viendo cómo se difuminaban los árboles al pasar, intentando ignorar el tenue zumbido bajo mi piel.
Aquella extraña sensación aún reposaba en lo más profundo de mi pecho; era como si una energía se hubiese instalado en mis huesos, desperezándose tras un largo letargo.
—Estás callada —señaló Gavin, echándome un vistazo antes de volver la vista al camino.
Pensé en contarle sobre la sensación que experimenté con Meg; que pareció querer arrastrarme a su mente, y que casi cedí. Pero no quería que Eliza, estando en el asiento trasero, oyera nuestra conversación. No era algo que deseara que todos supieran… o al menos no hasta lograr descifrar qué significaba.
—Fue duro verla así —admití.
No era del todo mentira; aquella era la mujer que habría asumido como mi madre… de no haber descubierto poco antes que me cam