El trayecto a casa transcurrió en silencio. Gavin mantenía una mano en el volante y la otra descansando en mi pierna, anclándome de un modo que nada más podía. Yo miraba por la ventana, viendo cómo se difuminaban los árboles al pasar, intentando ignorar el tenue zumbido bajo mi piel.
Aquella extraña sensación aún reposaba en lo más profundo de mi pecho; era como si una energía se hubiese instalado en mis huesos, desperezándose tras un largo letargo.
—Estás callada —señaló Gavin, echándome un vis