Cuando la luz se atenuó, el olor a madera quemada y ozono llenó el aire. Lila gimió, agarrándose el brazo donde la luz de la gema la había tocado, ahora unas quemaduras rojas y furiosas se arrastraban por su piel... marcándola.
—Te rechazó —dijo Daisy, observando con horror—. Continuará rechazándote y se enojará más cada vez que juegues con ella.
La respiración de Lila llegaba en ráfagas cortas y agudas, las lágrimas ardían en sus ojos, pero las limpió con enojo.
—No... se supone que es mía. Es