Durante unos minutos comimos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Taylor fue el primero en romper la quietud. Se recostó en la silla con una sonrisa ladeada, dejando que ese encanto despreocupado suyo se colara en la sala como un rayo de sol entre las cortinas.
—Bueno —dijo alzando su copa—, supongo que debería empezar a practicar cómo caminar sin tropezar con un esmoquin. Hace tiempo que no voy a un evento formal, y nunca se me han dado bien.
Eliza sonrió mientras acomodab