Capítulo 40.

El rugido del público retumbaba sobre mi cabeza. El suelo de la arena estaba tan seco que cada paso levantaba polvo, mezclado con sudor y sangre vieja. Cuatro bersakers me rodeaban en semicírculo.

El primero se lanzó sin aviso. Alcé el antebrazo justo a tiempo para desviar el golpe, pero el impacto me recorrió el cuerpo hasta el hombro. Retrocedí un paso, lo justo para no caer. El segundo aprovechó la abertura y me lanzó una patada al costado. El aire se me escapó en un gemido ahogado.

—Muévete
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