—¿Todo anda bien? —preguntó confundido.
—Sí, porque no debería —dice acercándose a mí hasta llegar a estar a pocos centímetros de mí y colocando sus manos en mi pecho.
—Te recuerdo que estos días has estado evitándome como si yo fuera la peste —le recordó, mirándola con seriedad.
—Ah, te refieres a eso —mencionó—. Solo estaba muy confundida y comprendí que no debía negarme a lo que es más que evidente.
Sus palabras suenan como una invitación tan evidente, sonrió, y es que, desde que vi