Isabel García
El espejo del baño de mi oficina no mentía: la rigidez en mi espalda había desaparecido casi por completo gracias a la pomada que Nicolás me había obligado a aceptar y a aplicar la tarde anterior. Sin embargo, el sutil aroma mentolado que todavía parecía impregnado en mi piel era un recordatorio constante de su invasión. Me abroché los botones de la camisa de seda blanca y me acomodé el saco de mi sastre negro de tres piezas. Era mi atuendo elegido para hoy. Una elección deliberad