Isabel García
Mantener la verticalidad y el paso firme bajo su custodia fue, sin duda, el mayor desafío.
Caminaba delante de él, forzando a mis piernas a mantener un ritmo elegante sobre mis tacones plateados, sintiendo el eco de sus pasos pesados y calculados exactamente tres metros por detrás de mi espalda. Nicolás se mantenía como una sombra, escoltándome a través de la oscuridad del pasillo de regreso a la luz de la pista. El pulso me golpeaba con tanta fuerza en los oídos que amortiguaba e