Isabel García
No pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el calor de la respiración de Nicolás en mi oreja y esa promesa de que mi caída sería larga. No era miedo lo que me recorría la columna, era una anticipación eléctrica que me hacía dar vueltas en las sábanas, imaginando sus manos no solo acorralándome contra el ventanal, sino reclamando cada centímetro de mi piel.
Me puse mi traje más letal: una falda tubo negra que se ajustaba como una segunda piel y una blusa de seda blanca,