18. El primer paso
Liz casi no pegó ojo en toda la noche debido al dolor como secuela del accidente, temerosa de ir a la cocina en busca del medicamento y enfrentar lo que hizo con Nathan. Sus dedos rozaron de manera involuntaria sus labios, todavía sensibles por la firmeza de sus besos, sus mordiscos salvajes y la insistencia de su lengua. La culpa la inundó al pensar en cómo se dejó llevar por el momento y la forma tan desmedida en la que respondió a su tacto.
Se encogió bajo las sábanas al recordar el calor de