134. Lo que nos une
Nathan la dejó en la cama y acomodó las almohadas con precisión, ajeno a su corazón desbocado por culpa de su cercanía y su necedad por llevarla él mismo a la habitación.
—Esto es innecesario —murmuró Isabella, su voz ronca traicionando su nerviosismo, pero también por el sopor que la consumía por culpa de los medicamentos—. Puedo acomodarme sola.
Él continuó su labor sin inmutarse. Alineó los medicamentos en la mesita de noche junto a un vaso de agua y verificó el monitor de presión arterial