Máscaras Desveladas
La brisa fría de la noche cortaba la piel como pequeñas agujas heladas, pero Ismael no sentía nada. Caminaba con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha y la mirada vacía. No quedaba rastro del chico ingenuo, del soñador que creía en el amor, en la lealtad. Todo eso se había ido. Se había extinguido la noche en que escuchó a Georgina burlarse de él, reduciendo lo a un juguete desechable.
El dolor ya no era una herida abierta, era un muro impenetrable. Se prometió que nu