Olga fue la primera en reaccionar.
La señora sonrió con dulzura, inclinándose un poco hacia delante, como si quisiera acoger a Olívia con el gesto.
—Mi querida… —dijo con esa voz suave que calentaba el ambiente—, tranquila. Estás perfecta. Elegante, hermosa y con ese brillo que solo llevan las mujeres que saben quiénes son. No necesitas cambiar absolutamente nada.
Olívia sintió que el pecho se le aliviaba un poco, sin saber si sonreír o apartar la mirada.
Frederico, por su parte, dejó el tenedo