La mañana estaba gris sobre New York City. La mansión Holt, imponente como siempre, parecía demasiado silenciosa. Incluso los amplios pasillos cargaban una especie de respeto por el dolor que rodeaba a aquella familia.
Olívia entró en la sala principal con pasos lentos. El cansancio estaba marcado en ella. En los ojos hinchados, en el rostro sin color, en la postura de quien intentaba mantenerse en pie únicamente por obligación.
Frederico estaba sentado en su sillón, leyendo el periódico. Olga