El silencio cayó como una sentencia. Laura sintió que las piernas le fallaban. Edgar la sostuvo de inmediato por la cintura.
—Hermana… necesito saber quién fue el responsable de la crueldad que hicieron conmigo… —dijo Laura, con la voz temblorosa, sujetando el brazo de la monja.
La religiosa respiró hondo.
—Yo era la única que conocía tu secreto. Aunque estaba mal… siempre los ayudaba a los dos. Por la Virgencita, yo no se lo conté a nadie —dijo con la voz quebrada—. Hasta que la madre me oblig