La puerta del ático se abrió con Alex prácticamente sosteniendo el peso de Ísis contra su propio cuerpo. Ella estaba blanda, tambaleante, con un suspiro arrastrado escapándose de los labios mientras apoyaba la frente en su hombro.
—Vamos a sentarnos en el sofá… —murmuró él, ajustando el brazo alrededor de su cintura.
Duck alzó la cabeza.
Ísis abrió los ojos de par en par.
—¡DIOS MÍO! —exclamó, aferrándose con más fuerza a la camisa de Alex—. ¿¡Qué es eso!? ¿¡Un tigre!? ¿¡Un oso!?
Duck caminó ha