Liam marcó el ritmo con la cadera, pegándolos aún más. Sus labios quedaron peligrosamente cerca de la oreja de ella, el aliento caliente rozándole la piel sensible del cuello.
Olívia cerró los ojos por un instante, maldiciendo a su propio cuerpo por reaccionar con tanta facilidad. La rabia seguía ahí, viva. Pero el deseo… el deseo conocía el camino.
—¿Estás intentando seducirme, marido? —susurró ella, provocadora.
—Eso lo hice hace mucho tiempo —murmuró él, con la voz grave rozándole la piel—.