La sala estaba cargada, el aire denso como si no hubiera espacio para nada más aparte de gritos. El reloj en la pared marcaba las horas sin prisa, indiferente al caos. Meredith estaba de pie cerca del sofá, el cabello caído sobre los hombros, el rostro manchado de lágrimas. Felipe, al lado de la mesa de centro, respiraba pesado, la mandíbula tensa, las venas del cuello salientes.
—Tienes otra, ¿no? —la voz de Meredith salió temblorosa pero afilada—. ¡Confiesa! ¿Vas a seguir mintiendo? Tu secret