Marisol permaneció en silencio. Las dos se quedaron así hasta que Marisol logró ponerse de pie temblorosamente, apoyándose contra la pared. Su voz sonaba aún más ronca que antes.
Con la cabeza baja y el cabello cubriendo parcialmente su rostro desaliñado, suplicó: –Señorita Vargas, por favor, ayúdeme, no puedo perder a Lorena...
Lorena era toda su esperanza en la vida. En ese momento, ni siquiera se atrevía a recordar la escena cuando la encontró en la bañera, con toda el agua teñida de un rojo