La iluminación de su lado era tenue. La luz blanca que reflejaba la pantalla acentuaba los rasgos elegantes y afilados de su rostro, aunque sus ojos detrás de los lentes no se distinguían claramente.
Se levantó y caminó hacia un lado, la imagen se movió y, deliberadamente o no, la cámara enfocó una zona indiscreta. Ana se quedó paralizada por unos segundos antes de desviar la mirada nerviosamente, con las orejas tan rojas que parecían a punto de sangrar.
–Señorita Vargas, ¿qué le sucede? –junto