La puerta del salón privado fue abierta desde fuera. El gerente del restaurante, con la llave maestra en mano, retrocedió nerviosamente.
Una joven de poco más de veinte años irrumpió a grandes pasos y, agarrando un cenicero de la mesa, se dispuso a golpear a Sara en la nuca.
En ese momento crítico, las pupilas de Ana se contrajeron. Soltó a Leandro y rápidamente levantó el brazo para bloquear el ataque.
—Ugh...
Con un gemido sordo, el cenicero de cristal golpeó su antebrazo.
Con una mirada gélid