—Ana, ¿de qué sirve que esperes aquí? ¿Para que mi tío se compadezca de ti? No sueñes despierta.
Mateo no quería decir eso, pero sus palabras resultaron extremadamente hirientes.
Incómodo, apartó la mirada, con mal semblante.
Fabiola contuvo el impulso de golpearlo y continuó persuadiendo: —Ana, hazle caso a Fabiola, ve a tratar tus heridas primero. Me quedaré aquí vigilando, y si pasa algo, te lo haré saber de inmediato, ¿de acuerdo?
Ana miró una vez más el letrero iluminado del quirófano y res