Pero este hombre era Gabriel...
Ana miró fijamente sus ojos, y él no esquivó la mirada, sin mostrar rastro alguno de mentira.
La última pizca de inquietud que quedaba en el corazón de Ana se disipó al instante.
Gabriel se incorporó y abrió caballerosamente la puerta del coche.
—Señorita Vargas, hace frío afuera, ¿hablamos dentro del coche?
El asiento trasero era espacioso. Gabriel se sentó frente a ella, con sus largas piernas flexionadas y una delgada laptop sobre sus rodillas.
Se frotó el puen